Viviendo con diabetes

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Escrito por Jacqueline Martinez
Traducido por Giovanna Longhi

Una de las cosas que más recuerdo de la época en que estaba creciendo, es que en mi familia muy rara vez nos sentábamos juntos a comer una comida hecha en la casa. La mayoría de las veces comíamos afuera. Y mucha cantidad, sin prestar atención al contenido de grasa ni de azúcar que tenía la comida. Pero cuando estaba en cuarto grado y mi padre sufrió un infarto mayor, todo cambió. Afortunadamente, mi querido padre se salvó y se recuperó completamente después de cambiar completamente su alimentación. Jamás no imaginamos que dos años después me diagnosticarían a mi Diabetes Tipo II, lo cual requeriría que yo hiciera un cambio completo en mi estilo de vida.

Cuando tenía casi trece años me diagnosticaron. El cambio no era fácil ni llegaría pronto. Yo no quería seguir una dieta y definitivamente no quería estar revisando la glucosa de mi sangre (azúcar), ni ponerme una inyección de insulina antes de cada comida. Nadie más de mi edad tenía que hacer ninguna de esas cosas. ¿Por qué yo tenía que hacerlo? No podía comprender lo importante que era ésta condición, especialmente porque yo no me sentía enferma. Por supuesto no lo hice. Hay razones por las cuales la diabetes es conocida como el asesino silencioso. Se requiere pasar años con niveles incontrolables de glucosa para sufrir las consecuencias. Me dijeron que si continuaba con los malos hábitos alimenticios y el nivel de glucosa fuera de control, sufriría finalmente complicaciones a largo plazo como la ceguera, miembros amputados o insuficiencia renal. Aunque el solo hecho de pensar que me pudiera suceder alguna de estas cosas me atemorizaba, no fue suficiente para obedecer. Cada vez que podía, cuando mis padres no me estaban mirando, yo ignoraba mi enfermedad.

El siguiente verano después de haber sido diagnosticada, hice un viaje con mi familia a Atlanta, Georgia para una reunión familiar. Uno de mis parientes se ofreció a llevarnos a mis primos y a mi a Six Flags. Después de horas de la diversión y paseos sin parar, era tiempo de comer algo. Como mis padres no estaban allí para supervisarme, yo aproveché. Cuando mi tía me preguntó qué quería ordenar pedí un “funnel cake” aunque sabía que no debía hacerlo. Esa noche, tuve una sequedad terrible en la boca, por más que tomaba agua no se me quitaba la sed. Mi madre lo notó e inmediatamente me revisó la glucosa. No hace falta decir que estaba por el techo. Ella me exigió decirle por qué mi glucosa estaba tan alta y se puso furiosa conmigo cuando supo lo del “funnel cake”. Todo el episodio era frustrante. Me preguntaba por qué yo no podía ser sólo una niña normal que no tenía que pensar dos veces lo que podía comer. Odiaba ser diabética. Aparte de los inconvenientes que esto causaba, también me hacía sentir diferente de mis pares, que es algo que nadie quiere cuando esta entrando a la adolescencia.

Una vez en el séptimo grado, llamé a mi mamá de la escuela para preguntarle si durante el almuerzo me iba a llevar pastel por el cumpleaños de mi amigo. Ella llevó el pastel acompañado de una bolsa de galletas sin azúcar para mí. Yo no tuve inconveniente con las galletas porque el sabor me parecía aceptable. Recuerdo pensar que era muy amable de su parte habérmelas llevado. Ese pensamiento cambió rápidamente. Una de mis amigas tenía curiosidad de probarlas porque nunca había oído hablar de galletas “sin azúcar”. Estaba emocionada por su curiosidad y le dí una. Mi entusiasmo se convirtió en vergüenza apenas ella le dio un mordisco a la galleta. ¡Su cara lo dijo todo antes de que abriera la boca y dijera, “Es asquerosa”! No fue el comentario lo que me enojó. Sino que mi mamá fallara fingiendo, solo esta vez, que yo no era diabética. Deseaba que ella nunca hubiera llevado el pastel. Habría sido menos embarazoso decir, “Ella está en el trabajo,” en vez de “sí, son asquerosas, verdad”?

Decidí ignorar mi condición y continuar con mis rebeldías. Nada iba a detenerme de participar en las fiestas del colegio u actividades sociales colegiales. Esa actitud me hizo caer en el hospital dos veces unos años más tarde. Esto me hizo enfrentar la realidad. Experimenté dos cirugías, una del hígado y otra del apéndice. Para recuperarme de estas operaciones y que mis heridas sanaran adecuadamente, necesitaba tener mi azúcar bajo control. Mi desobediencia finalmente me pescó. Una de las heridas se me infectó y estuve muy enferma. El dolor físico de estar enferma, me hizo darme cuenta de que había estado dando mi salud por un hecho. En esencia yo había estado apostando mi vida, cada vez que me negaba a tomar mi medicina y al escoger comida inapropiada.

Una vez que me recuperé de la larga y angustiosa estancia en el hospital, sabía que no quería sentirme enferma nunca más. Tuve que hacer una elección. Podía continuar arriesgando mi salud o podía tomar responsabilidad sobre mi misma y aceptar mi conducta. Escogí lo último y nunca miré hacia atrás. Admito, que hay días cuando no siento ganas de hacer ejercicio y hay definitivamente días, cuando la tentación me supera. Pero me di cuenta de que la Diabetes no tiene que controlarme. Yo conduzco mi vida y soy completamente capaz de manejar mi condición con las elecciones que hago. Y cada decisión sana que hago, está en esencia salvando mi vida.

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